
Él estaba sentado frente al escritorio que daba a la ventana y leía un viejo libro de hojas amarillentas. Ella estaba en la cama, recorriendo con su mirada las paletas del ventilador que colgaba del techo.
Hacía un buen rato que los dos estaban despiertos pero no se hablaban. Los restos del sol, tamizado por las finas nubes de esa mañana, se filtraban a través de la ventana, impactaban contra el piso de parquet y le daban a la habitación un tenue color anaranjado.
“Qué raro esto… ¿no?” dijo ella, en voz alta, sin pensar en lo que estaba diciendo, sino como una culminación coloquial de una serie de pensamientos que venían lloviznando en su mente. Se sintió bien por haber quebrado el silencio que imperaba en la habitación pero inmediatamente se arrepintió de haber sido ella la primera en hablar.


Me citó en La Opera. Raro. Muy raro. Había muchos bares en la zona pero nunca íbamos a La Opera. Sin embargo, no pregunté nada, fui directamente, sin hacer averiguaciones.
Como andaba por los pagos, llegué temprano; una hora antes de lo pactado. Me senté en una de las mesas que daban a Callao y estuve leyendo un rato hasta que se hizo la hora y llegó Mariano, puntual, como siempre. Entró por la puerta de Corrientes, dio un pantallazo fugaz y me encontró enseguida. Esquivando, hábilmente, algunas mesas, se acercó hasta donde yo estaba. Caminaba rápidamente y parecía algo nervioso. Se abrió la campera –no se la sacó– y se sentó frente a mí.


Ahí estaba José, como nunca lo hubiera imaginado. Habían decidido velarlo a cajón abierto. Un acierto de parte de la familia, su cuerpo se prestaba para ese tipo de exhibiciones, incluso muerto mantenía ese halo estético que siempre lo acompaño en vida. Parecía dormido y no sé hasta qué punto es cierto esto –y no hijo de las emociones y el contexto– pero me pareció que esbozaba una pequeña sonrisa.
El interior del ataúd estaba recubierto por un paño acolchonado, color cremita, que visto de afuera parecía muy cómodo y tenía unas telas blancas con bordes puntillosos que rozaban sus manos –pálidas en aquel momento– juntas y con los dedos entrelazados. Un encanto.
A ambos lados del ataúd, estaban sus hijos y sus sobrinos –su sobrino mayor, aferrado a una de las manijas del cajón, lloraba desconsoladamente, gemía, tosía, parecía que se iba a ahogar.
