Ella se llamaba Ana o así es como se hacía llamar. A veces creo que no terminamos de conocernos del todo, que nos faltó tiempo. Lo que puedo asegurar es que lo nuestro fue muy bonito, comimos perdices hasta ese día de Febrero, en su casa, cuando todo empezó a terminar de una forma muy extraña. Por razones que –entenderán, luego de leer esta historia– son obvias, esto nunca se lo pude confiar abiertamente a nadie. Ni siquiera a mis mejores amigos; según a quién se lo contaba omitía algunos detalles o falsificaba otros. Nunca se lo conté a nadie así, completo, sin rodeos, con detalles, como lo voy a contar ahora.
Fue una tarde de Febrero, un sábado. Yo estaba con Ana en el living, tomábamos mate y mirábamos un recital en DVD. Solíamos pasar las tardes de aquel verano haciendo esas cosas. No era muy física nuestra relación. Además justo dio la casualidad de que nos conocimos empezando el verano, un verano que fue insoportable, llegó a hacer cuarenta y pico de térmica y no había muchas ganas de andar pegoteando nuestros cuerpos. Mirábamos el recital de una banda yanqui o inglesa, no me acuerdo. Yo había tomado mucho mate. En ese living hacía mucho calor y nunca entendí –hasta el día de hoy– porqué no tenían un ventilador; no digo uno de techo, aunque sea uno de esos de pie o un turbo, porque encima daba el sol de lleno en el parquet y eso en verano era un horno. Cebé el último mate del primer termo y debe haber sido por la confirmación empírica de haber visto el termo vacío y saber que ya nos habíamos tomado más de un litro de mate porque automáticamente me dieron ganas de hacer pis.
Yo sabía donde estaba el baño y había confianza, a esa altura no había que pedir permiso ni nada de eso. Además, según lo que tenía entendido estábamos solos, su madre no estaba –Ana vivía con su madre, las dos solas–, había salido, eso me daba todavía más libertad para moverme a mi antojo dentro del departamento. Ella puso pausa y yo me levanté del sillón y le di un beso en la cabeza, justo donde su pelo se dividía en dos mitades; me gustaba mucho el olor de su shampoo, era frutal, arándanos o algo por el estilo. Caminé hasta el pasillo, pasé por la pequeña biblioteca que estaba antes del hall y cuando estaba encarando para el baño, vi que la puerta de la habitación de la madre de Ana estaba entreabierta. A mi no hay nada que me genere más intriga que una puerta entornada. Abierta o cerrada, no me afectan; son dos mundos bien definidos: todo o nada, blanco o negro; pero el gris me mata, si está entreabierta, la curiosidad me carcome los huesos. Me tuve que acercar; estiré el cuello y miré para adentro.
Casi no había luz. La persiana estaba baja, aunque quedaban unos agujeritos, arriba, por los que entraba un resplandor que apenas iluminaba el cuarto. La habitación estaba cubierta por una alfombra morada. Sólo estaba prendida la lucecita roja de la tele. Me acerqué un poquito más, para ver mejor, y vi que al pie del sommier, un mullido sommier de dos plazas, había alguien de pie. Voy a tratar de ser lo más gráfico que pueda para describir esta escena. Tuve que entornar los ojos, aguzando la vista, para descifrar de qué se trataba. Eran un par de pies con venas verdes muy marcadas y estaban seguidos por unas piernas, con várices, muy delgadas, asquerosamente delgadas. Era una mujer. Vestía una tanga diminuta (extra small) que le quedaba grande. El cuerpo era horriblemente delgado, amarillento y arrugado, nunca había visto una mujer así, era un estropajo viviente. Las pocas carnes de su abdomen, vencidas por la gravedad, colgaban y achinaban su ombligo casi hasta hacerlo desaparecer. De la cintura para arriba no tenía ropa. Sus pechos eran los más horribles que vi en mi vida: unas bolitas de grasa, caídas, marchitas y con unos pezones enormes y negros. Sus hombros y su cuello eran, al igual que el resto de su cuerpo, arrugados y amarillos. Pero lo terrible era su cara, era un rostro demoníaco, la oscuridad misma. Sus dientes eran ocres, estaban deformados y roídos. Sus ojos estaban hundidos y completamente inyectados en sangre y sus orejas eran completamente puntiagudas, como las de un elfo. Tuve miedo, mucho miedo. No se porqué –porque no se parecía en nada– pero algo me hizo creer que la mujer que tenía enfrente mío era la madre de Ana; tal vez porque era su cuarto. Cuando mis ojos por fin se posaron en los suyos, se encendieron aún más y su boca de abrió como para emitir un sonido gutural ensordecedor; levanté mis manos para taparme los oídos, pero ella (ella o eso) permaneció en el más absoluto silencio. Segundos después, de las carnes estriadas de su entrepierna, emanó un humo gris que la envolvió y la hizo desaparecer en ese mismo instante. Con mis rodillas temblando, abrí la puerta unos centímetros, no quería hacerlo pero tenía que hacerlo, necesitaba cerciorarme, buscar una señal que confirmara o desmintiera lo que acababa de ver. Sólo quedaban algunos restos de humo, de ese humo que se la había llevado, que todavía flotaban cerca de una de las mesitas de luz. Un olor nauseabundo emanaba del cuarto. El monstruo había desaparecido.
Me alejé, aterrado, me encerré en el baño. Me miré al espejo, estaba pálido. Estuve un rato largo ahí adentro. No pude hacer pis, pero me lavé las manos y la cara, me mojé la nuca y me sequé. Me quedé un rato sentado sobre el inodoro, tomándome la cabeza con las manos, presionando mis sienes y tratando de borrar esa absurda imagen de mi cabeza, dando por sentado que se había tratado de un error. Pero sus orejas, esas orejas puntiagudas, daban vueltas en mi cabeza. Nunca había visto una cosa así. Eso no podía ser humano.
Cuando salí del baño, me encontré con que la puerta del cuarto de la madre de Ana estaba cerrada. Alguien la había cerrado. ¿De adentro? ¿De afuera? No lo sabía. Mejor así, por nada del mundo osaría abrirla otra vez. Traté de convencerme de que había sido un mal sueño, una mala jugada de las penumbras y nada más que eso. Volví al living, un poco aturdido. Ana había cambiado la yerba y había llenado nuevamente un plato con tostaditas de queso. Terminamos de ver el DVD y salimos a dar una vuelta.
Fuimos al parque. El aire fresco me hizo bien. Nos sentamos un rato al borde del lago, alimentamos a algunas palomas, paseamos por la feria, comimos algo por ahí y volvimos, ya de noche, a su casa. Durante las horas que estuvimos al aire libre, logré despejarme. Había conseguido abstraerme y olvidarme del episodio de la tarde, hasta que volví a entrar en el departamento. Todas las luces estaban apagadas. Ella me tomó de la mano y me guió, practicamente a ciegas, hasta su habitación, como sólo puede hacerlo quien conoce la casa y la disposición de los muebles desde hace muchos años. Fuimos en puntas de pie hasta la habitación de Ana, pero antes de entrar, ella miró por la cerradura de la puerta de la habitación de su madre y me hizo una seña con las manos que quería decir “está durmiendo”. Me corrió un escalofrío por la espalda.
Una vez en su habitación, en la habitación de Ana, nos quitamos la ropa y nos acostamos. El paseo nos había agotado. Nos dormimos así, en penumbras, abrazados, en su cama de una plaza.
En la habitación de Ana había un radio-reloj electrónico, de esos con luces rojas. Cuando abrí los ojos marcaba las 3:27, todavía era de noche y el cuarto sólo era iluminado por la luz de la luna que se filtraba por los agujeritos de la persiana. Yo tenía la lengua seca y dulce por el vino que había tomado durante la cena.
Hacía mucho calor. Era verano, uno de los veranos más calurosos que yo recuerde. Sin embargo, ella estaba tapada hasta el cuello y muy despeinada, los pelos le cubrían la cara y se le pegaban en la frente por su transpiración. Por alguna razón ahí tampoco había ventilador; hasta el día de hoy no entiendo porque no había ni un solo ventilador en toda la casa. Me despegué un poco de ella, mi pecho estaba pegoteado con su espalda. Con las yemas de mis dedos intenté acomodarle el pelo, suavemente, para que no despertarla. Le quité, suavecito, el pelo de la frente y también de su nariz para que respirara mejor. La destapé un poco, hasta la cintura. Le levanté la cabeza para dar vuelta la almohada… y en eso estaba cuando vi lo que vi. Se me heló la sangre. Esa noche, su oreja no era su oreja de siempre, sino que se prolongaba un poco más, verticalmente, y terminaba en una puntita como la de un pichoncito de elfo, un elfo bebe. Creí escuchar pasos afuera de la habitación. Contuve la respiración y cerré los ojos; me mordí los labios y en un acto de desesperación –el miedo nos hace actuar de las formas más descabelladas– abracé a Anita; de alguna manera, confiaba en que el mal menor se encarnaba en el elfo menor. No sé cómo lo logré pero al final terminé durmiéndome.
A la mañana siguiente me fui a casa y a partir de ese día –sin ser totalmente consciente en aquel momento– comencé a generar conflictos, discusiones, peleas. Espacié las visitas, los llamados telefónicos. Nunca tuve valor para abandonar a una mujer y ese era mi método. Que me detestaran para que luego por cansancio terminen por abandonarme. Funcionó, como siempre. Ana terminó dejándome a las pocas semanas.
Pensé mucho a lo largo de los años; al fin y al cabo, los años no sirven para mucho más que para pensar en las pocas cosas que pasaron… ¿Y si tenía algún problema de nacimiento en sus orejas y yo no lo había advertido? Era raro, pero podía ser, no hacía mucho que salíamos. ¿Si el calor, el vino y la sed de esa noche me habían jugado otra mala pasada, como la de la tarde? Quizá era una especie de visión. Pensé si efectivamente había hecho bien al guiarme por las imágenes de aquel día o si fue una decisión apresurada. Pensé mucho en ellas (madre e hija) pero también pensé en algo que nunca se me había cruzado por la cabeza durante aquel verano: el hombre que no estaba. Para engendrar un hijo se requiere irremediablemente de un factor masculino. La madre de Ana dormía sola, no había ninguna señal masculina en la casa y parecía no haber existido jamás. Ana tampoco me había hablado nunca de su padre. Por alguna razón ese hombre no existía. Su ausencia era significativa.
Nunca la extrañé porque la verdad es que no pasamos mucho tiempo juntos. Además, ya casi no recuerdo sus señas particulares. Las mujeres que vinieron después difuminaron bastante mis recuerdos de ella. Ya no me es posible recordar el olor de su shampoo, no recuerdo si era arándanos o sandía. Sin embargo, es la mujer en la que más pensé en toda mi vida, de eso no hay dudas. Incluso hoy, cada vez que veo la imagen de un elfo, la recuerdo… en realidad, el paso del tiempo y el deterioro de mis recuerdos me permiten ciertas licencias a la hora de evocarla; a esta altura, ya ni siquiera es necesario que sea un elfo, cualquier cosa más o menos chiquita me hace recordarla, incluso hasta un enano de jardín o un duendecillo cualquiera. Veo cualquier cosa chiquita y medio sombría y tenebrosa y recuerdo nuestro amor de aquel verano. La recuerdo a ella y a su madre y al departamento del cuarto piso de la calle Sarmiento, donde quizá hasta el día de hoy –yo no me animo a pasar– sigan viviendo esos seres sobrenaturales que gracias a las largas cabelleras que cubren sus orejas puntiagudas tienen la capacidad de mimetizarse con el resto de las mujeres.



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7 comentarios hasta ahora

  1. Ey, me hizo leerlo conteniendo el aliento. Muy muy bueno!
    Y lo bien que hizo en dejarla. Como dice el dicho: “Si querés saber cómo va ser de grande, mirá a la vieja”.

  2. Aunque otras veces no deje huella en forma de letras, de vez en cuando vengo a leerle. El tic-tac del tiempo no me permite escribir cuanto quisiera (ni en mi cabaret ni en reinos de palabras amigos), pero le leo. Y me encanta lo que leo. Un abrazo admirador :)

  3. Ah, gracias por tenerme de séptima en sus enlaces recomendados; es todo un honor. Y el siete, mi número mágico. Besos.

  4. Feliz Navidad y próspero año nuevo.

    Abrazos.

  5. Hey!!

    Hacía tiempo que no me pasaba por aquí, pero me ha sorprendido muy gratamente tu cuento. Recortaría ciertas cosas, pero la esencia es muy buena.

    ¡Felicidades! Y feliz año, de paso :)

  6. Excelente blog, me gustó todo lo que leí, aunque lamenté que hace mucho tiempo no haya nuevas entradas.
    Volveré de vez en cuando para ver si hay novedades, ojalá que sí.

    SALUDOS
    REM

  7. Muy buena historia. Si me hubiese pasado algo así se lo juro q salgo corriendo inmediatamente… me asustan mucho las cosas sobrenaturales :S

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