Sábado soleado

Los edificios estaban enfrentados, apenas separados por una callecita del barrio de Balvanera. Él le decía Once; ella, Congreso. Los dos vivían en un piso diez. Él vivía solo, en un dos ambientes de la mano par. Ella vivía sola, en un monoambiente, en la vereda de enfrente. Los balcones estaban a la misma altura. Él la amaba con devoción. Ella ni lo registraba.
Él sabía todo de ella. Sabía que los lunes llegaba más tarde porque tenía inglés. Sabía que los miércoles, después de merendar, se iba corriendo a su clase de teatro. Sabía que para Agosto o Septiembre, todos los años, se acordaba de anotarse en el gimnasio y abandonaba siempre en Febrero o Marzo. Sabía que tenía una cama de dos plazas y dos almohadas –una más chiquita que la abrazaba para dormir. Sabía que su piso era de parquet plastificado y que no tenía ventilador de techo. Sabía que los sábados le gustaba cantar y bailar mientras limpiaba la casa. Sabía que tenía siete tangas de varios colores. Sabía, con bastante certeza, por las fechas en que colgaba las tangas rojas a secar en el tender, cuales eran las fechas de su regla. Sabía que tenía una bicicleta que hacía años no usaba y que se estaba oxidando en el balcón. Sabía que lavaba todo a mano menos el acolchado, que lo llevaba al lavadero cada quince días. Sabía que tenía una cajita con pilas usadas que cada tanto llevaba a un centro de reciclaje. Sabía que cada vez que ella llegaba, religiosamente, abría la ventanita de la cocina, y que cada vez que salía, la cerraba. Sabía de ella más que lo que cualquier hombre sabía en el planeta y la amaba como nunca nadie la amó en su vida. Él se llamaba Raúl.
Raúl tenía una cámara con un buen zoom óptico y a la mañana, cuando el sol daba en el balcón de ella, aprovechaba para tomarle algunas fotos, escondido entre las cortinas del living o desde la ventanita del baño. Tenía un estudio casero en el que revelaba las fotos. Las mejores tomas estaban pegadas en la pared de su habitación y el resto, guardadas en algunas cajas que apilaba al lado de su cama. Estaba perdidamente enamorado de ella. Ella se llamaba Luciana.
Luciana no estaba enterada de que existía un hombre que vivía por ella. Pero eso no era importante para Raúl, su amor era completamente sincero y absolutamente desinteresado. Cuando el amor es tan puro no requiere ser correspondido para que siga ardiendo.
Los sábados, mientras limpiaba la casa, Luciana escuchaba música –ponía fuerte la radio– y bailaba sola. Uno de esos sábados, Raúl aguzó el oído, y escuchando la música que provenía del departamento de enfrente se puso a buscarla en el dial de la radio hasta que la encontró. Desde aquella mañana, cada sábado, mientras ella limpiaba y bailaba, él prendía la radio, se ponía los auriculares y la espiaba a través de las cortinas.
Tenían casi la misma edad. En una de las últimas fotos que Raúl había revelado –un primerísimo plano de la cara de ella, mientras colgaba algunas ropas en el tender– pudo ver que se le estaban formando algunas patitas de gallo alrededor de sus ojos. A él también le habían salido las primeras arrugas en el cuello. Cayó en la cuenta de que estaban envejeciendo juntos y eso lo puso muy feliz. Esa noche descorchó un champagne y cenó a la luz de las velas con su foto enfrente.
Ella siempre dormía sola, y él –de más está decirlo– también. Raúl interpretaba la castidad de Luciana como una prueba de amor y la correspondía, aunque mucho no le costaba. Cuando un hombre está perdidamente enamorado –como lo estaba él– no puede pensar en más de una mujer al mismo tiempo y la monogamia se convierte en un acto natural, necesario y tremendamente disfrutable.
Así vivieron durante años. Hasta que un día, la relación mutó, cambió de forma. Era viernes por la noche y ella estaba tardando mucho en llegar, él la esperó despierto lo máximo que pudo, pero finalmente se quedó dormido en el sillón, de frente a la ventana, con las cortinas abiertas de par en par.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, vio que la ventanita de la cocina del departamento de enfrente estaba abierta, de modo que ella había llegado mientras él estaba durmiendo. Eran casi las diez del sábado, en cualquier momento levantaría la persiana y comenzaría a limpiar y bailar. Raúl ya había conectado los auriculares al equipo de música y había sintonizado la radio. Pero el tiempo pasaba y la persiana no se levantaba.
Raúl se empezó a impacientar. Tenía la mirada clavada en la persiana, pero no pasaba nada, hasta que se empezó a levantar, despacito, y se detuvo antes de la mitad. Así quedó durante una hora y pico. Todavía estaba muy oscuro adentro del monoambiente de Luciana, no se podía ver nada desde el departamento de enfrente. Se había alterado la rutina, algo extraño pasaba. Raúl ya había desconectado los auriculares y comenzó a morderse las uñas. Al rato, volvió a moverse la persiana, despacito, hasta que se levantó por completo. Raúl abrió los ojos de par en par y recién en ese momento pudo ver qué era lo que estaba pasando. Ella estaba acostada en la cama, desnuda, de espaldas. Alguien estaba levantando la persiana. Era un hombre. Un hombre con el torso desnudo y un bóxer negro.
El hombre del bóxer se acercó a la cama, le dio un beso en la espalda a Luciana y se fue al baño. Raúl se puso muy triste, aunque no perdió la calma, estaba notablemente tranquilo. No lo esperaba de ella, pero sabía que era algo que podía suceder. Son cosas que pasan y él no estaba exento, lo tenía claro. No había amado a ninguna otra mujer en toda su vida más que a ella pero se había enterado por algunas novelas que todas las mujeres –por algunas razones que él no terminaba de comprender– suelen sentir la necesidad de ser infieles al menos una vez en su vida.
Raúl entró a su casa, sacó los dos parlantes al balcón y puso la radio que debía haber puesto ella ese sábado. Luciana seguía acostada, dándole la espalda, parecía no advertir la música que provenía del décimo piso del departamento de enfrente. Raúl, con extraordinaria calma, fue hasta su placard y sacó la cajita que estaba preparada para ese momento. Tomó el proyectil dorado que brillaba y lo besó con fervor. Comenzaba una nueva etapa entre ellos. Lamió la bala, le pasó la lengua desde la base hasta la punta y la cargó en la escopeta. Apuntó al cuello de Luciana. Lo tenía justo enfrente, la trayectoria era recta y libre de obstáculos. Siempre había soñado con besarle el cuello. No le tembló el pulso, pero le rodó una lágrima por su mejilla. Tenía que ser fuerte, sabía que era por el bien de los dos. La ciudad los estaba contaminando, debían cambiar de aires para renovar el amor. Empezarían en otro lugar, lejos de todo. Apuntó, midió, respiró y le perforó la nuca. La sangre empezó a brotar a chorros, inundando las sábanas blancas que recubrían el sommier de dos plazas. No sabía que podía sangrar tanto en esa zona. Quizá la bala le había atravesado la garganta y había salido por el otro lado. Se excitó un poco pensando que la bala dorada recubierta con su saliva le había atravesado la garganta a la mujer que amaba. No pudo evitar que se le dibujara una pequeña sonrisa.
El hombre que estaba con Luciana en el departamento salió del baño, alertado por el ruido, y empezó a gritar desesperado pidiendo auxilio. La sacudía, intentaba reanimarla, pero ella estaba inmóvil, no reaccionaba. Raúl levantó un poco más el volumen de la radio, cargó un segundo proyectil, se apoyó el caño de la escopeta en el paladar y gatilló, mientras de fondo, en la radio, anunciaban que sería un día espléndido y la máxima iba a ser de veintiocho grados.



Trackback

2 comentarios hasta ahora

  1. Mujercita de Ojos Tristes @ 2009-10-09 11:58

    “Cuando un hombre está perdidamente enamorado –como lo estaba él– no puede pensar en más de una mujer al mismo tiempo y la monogamia se convierte en un acto natural, necesario y tremendamente disfrutable”

    Cuando es correspondido el amor no se puede esperar otra cosa……lamento que a Raúl no le haya ocurrido eso.

  2. Terrible historia, de confusiones mentales, amantes desconocidos y fidelidades rotas.

    Una maravillosa forma de mostrar un amor enfermizo!

    Saludos!

Agrega tu comentario ahora