Escena de alcoba

Él estaba sentado frente al escritorio que daba a la ventana y leía un viejo libro de hojas amarillentas. Ella estaba en la cama, recorriendo con su mirada las paletas del ventilador que colgaba del techo.
Hacía un buen rato que los dos estaban despiertos pero no se hablaban. Los restos del sol, tamizado por las finas nubes de esa mañana, se filtraban a través de la ventana, impactaban contra el piso de parquet y le daban a la habitación un tenue color anaranjado.
“Qué raro esto… ¿no?” dijo ella, en voz alta, sin pensar en lo que estaba diciendo, sino como una culminación coloquial de una serie de pensamientos que venían lloviznando en su mente. Se sintió bien por haber quebrado el silencio que imperaba en la habitación pero inmediatamente se arrepintió de haber sido ella la primera en hablar.
Él la escuchó pero no respondió. Siguió con la mirada fija en el libro, duro, sin inmutarse.
Los segundos pasaban y él no respondía. “¿Es posible que me haga esto? Ya hablé yo primero, no puede ser tan forro…” pensaba ella, totalmente arrepentida de haber hablado, mientras le clavaba la mirada en la espalda con una fuerza que bien podría haber atravesado su columna y matarlo en ese mismo instante.
Ella sólo vestía un culote blanco y estaba tapada con las sábanas, la frazada estaba en el piso, a los pies de la cama. Quería seguir hablando pero se contuvo y abrazó un almohadón que tenía cerca. Necesitaba que él se diera vuelta, arrancara las sábanas, la abrazara y la amara como hacía mucho tiempo no la amaba. La última vez que había sucedido, había sido casi un mes atrás, luego de una fiesta, aunque esa noche los dos estaban un poco borrachos y había sido una cuestión puramente física, genital y onanista: los dos estaban calientes y necesitaban sexo, sea cual fuere el partenaire, y como compartían la cama y se tenían a mano, sucedió.
Él seguía sin levantar la mirada del libro pero ya no leía, haber escuchado la voz de ella lo había desencajado de sus pensamientos, tomo su lápiz y volvió a subrayar lo que ya había subrayado, como para no quedarse quieto y hacer algo.
Ella se levantó de la cama, se acercó al placard, tomó su ropa y fue, en silencio y descalza, hasta el baño.
El despegó los ojos del libro por primera vez y la siguió con la mirada hasta que entró en el baño. Esa espalda era una de sus perdiciones. Se quedó mirando la puerta unos instantes y luego volvió sus ojos hacia la ventana y se refugió en la imagen de un pájaro que estaba parado, haciendo equilibrio, sobre un cable de luz y pensó que le gustaría mucho ser aquel pajarito en ese momento. Sonrió, festejándose su propia ocurrencia.
Ella se puso un jean, El Jean, mejor dicho, con mayúsculas, el que mejor le quedaba; su remerita verde, escotada; sus aritos de piedras, también verdes, haciendo juego; y las sandalitas blancas. Ese jean no podía ser azaroso, ese jean pegar donde arde, como sólo una mujer consciente de la inmortalidad de sus muslos lo puede hacer. Si ese jean no había sido una elección consciente de ella, había sido una jugada del demonio mismo. Pero él era un hombre que ya había vivido algunas cosas, conocía muy bien a las mujeres, a los demonios y sobre todo a los híbridos de esos dos personajes. Racionalmente, un jean no lo iba a desviar de su senda. Pero lo difícil en ese momento, justamente, era ser racional y más con ese jean que le hacían semejantes nalgas.
Ella –en el baño– abrió el bolsito donde guardaba sus maquillajes, se puso base, se pintó los labios, los ojos y se arqueó las pestañas. Miró la maquinita de afeitar de él, su espuma y su cepillo de dientes… “¿Puede ser tan desalmado?” se preguntó mentalmente, mientras se mordía el labio inferior y se abrochaba los únicos tres botones de su remerita verde, adecentando un poco su escote. Se le hizo un nudo en la garganta. Tuvo que levantar la cabeza, abrir bien los ojos y mirar al techo: no quería llorar, pero las lágrimas estaban a punto de ganar sus ojos. Cuando lloraba se le hinchaban los ojos y sabía que si eso pasaba, estaría todo el día con los ojos inflamados y rojos y le preguntarían y no quería responder nada a nadie. Además ya se había delineado y se le iba a correr el maquillaje. Pero por sobre todas las cosas, no quería que él la viese así, no le iba a dar el gusto. Se mordió más fuerte los labios y logró contenerse.
Él –en la habitación– retomó la lectura, página cuarenta y ocho, segundo párrafo, ahí se había quedado. Leyó desde el primer párrafo para meterse nuevamente en tema. Tres, cuatro, cinco oraciones, y su cabeza volvió a girar en torno a la puerta del baño. “¿Qué estará haciendo ahí adentro, tan callada?” –se preguntó. Ya había perdido el hilo de la lectura y como sabía que no es posible remar contra la corriente, cerró el libro. Sintió ganas de abrir la puerta, irrumpir en su pequeño refugio, abrazarla fuertemente, rodearle la cintura con sus manos, clavarle las uñas en su espalda y amarla… amarla físicamente como hacía mucho tiempo no lo hacía. La quería demasiado.
Alrededor de la cama –sobre la cómoda, en el escritorio, en las mesitas de luz–, yacían, como en un microclima, los recuerdos de buenos viejos tiempos: fotos, souvenirs, piedras, caracoles. Él se sentó en la cama y tomó entre sus manos uno de sus zapatitos. “¿Cómo puede ser que tenga los pies tan pequeños?” se dijo, en voz baja. Ah, porque sus pequeños pies eran otra de sus debilidades. Sus diminutos zapatos le hacían recordar porqué se había enamorado de esa mujer. Le corría un escalofrío por la espalda cuando pensaba en eso. Necesitaba amarla… pero no lo iba a hacer. No le iba a dar el gusto.
Un largo cabello rojizo y ondulado que descansaba sobre las sábanas arrugadas lo desvió una vez más de su libreto. Lo tomó entre sus manos, de una punta y de la otra, y se lo enrolló alrededor del dedo índice de su mano derecha. En eso estaba cuando escuchó que desde adentro del baño se cerraba una canilla. Volvió a la silla del escritorio -con el pelo de ella enrollado alrededor de su dedo índice-, abrió el libro nuevamente y tomó el lápiz, montando nuevamente su escena de tipo duro. Simulaba estar leyendo, inmutable.
Ella salió del baño, tomó su cartera, sus llaves y clavó una última mirada en su espalda, una mirada que esta vez fue mucho más débil, más resignada… él nunca se enteró de esa mirada y ella se fue, sin saludar, con un nudo en la garganta y los ojos empañados por tanta indiferencia. Antes de llegar a la puerta de calle, estalló en un llanto.
Él volvió a cerrar el libro, se paró al lado de la ventana y la miró mientras ella cruzaba la calle en diagonal, sacaba sus lentes negros de la cartera y se escurría a través de la avenida para no volver por un buen tiempo. El tipo bajó la persiana, cargó la pipa con uno de sus tabacos, guardó el libro en su morral y salió a caminar por la avenida, para el otro lado, rumbo al bajo, a refugiarse en algún bar, como hacía siempre que pasaban estas cosas.



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3 comentarios hasta ahora

  1. Hay veces que si, es mejor estar calladita…

    Besicos

  2. Qué relato tan preciso, tan conmovedor…triste, pero es la indiferencia cotidiana en la que muchos luchamos por no caer…

  3. Qué tristeza… el amor se acaba pero perdura el recuerdo de lo vivido. Trata de volver pero no puede…

    Saludos, con un poso de imagénes que tan maravillosamente has creado!

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