
Hace mucho tiempo, la arqueología era una disciplina que tenía que ver con excavaciones, cascos con linternas y cinceles. Estaba considerada como una vocación, había películas alusivas y los niños de antaño decían “cuando sea grande quiero ser arqueólogo”. Era una actividad con todas las letras, estaba bien vista, tenía recompensas económicas e incluso se estudiaba, pero con el advenimiento de la nueva arqueología, todo esto quedó en la historia.
La nueva arqueología nace, siglos atrás, casi de forma simultánea en algunas grandes ciudades y no tiene nada que ver con una vocación ni con un trabajo, sino que es algo más parecido a una necesidad. No hay excavaciones, no hay cinceles y no hay cascos con linternas. La nueva arqueología tampoco se estudia –a pesar de que haya algunos que hasta el día de hoy intenten estudiarla, pero de esos hubo siempre y lamentablemente, por mucho que se esmeren, nunca llegarán a ser arqueólogos– porque la arqueología no es susceptible de ser adquirida mediante un proceso teórico. Sobran los ejemplos de arqueólogos diplomados que en toda su vida no han hecho ni siquiera un solo hallazgo. La arqueología simplemente le sucede al hombre, le es dada y punto.
Por extraño que parezca, tiempo atrás, la arqueología se ejercía únicamente bajo tierra. Estaba circunscripta únicamente a todo aquello que se encontraba en los subsuelos del mundo y las evidencias sólo eran materiales, únicamente era considerado evidencia aquello que se pudiera tocar y colocar en bolsitas de plástico transparentes. Llevó mucho tiempo destronar esos preceptos pero ya no quedan rastros de esos límites que hoy, al leerlos, nos parecen tan absurdos. Los arqueólogos ejercen su actividad en cualquier parte y las evidencias recolectadas no son necesariamente materiales. Incluso la mayoría de las veces suelen ser de lo más etéreas, como por ejemplo una bocanada de humo que salen de alguna alcantarilla. Además, y esto tal vez sea más importante que todo lo anterior, quien se inicia, en estos tiempos, en la arqueología jamás lo puede abandonar.
Hay miles de arqueólogos en cada una de las ciudades del mundo. No se puede decir que sobran pero hay muchos. Estos hombres están entre nosotros, los cruzamos a diario en todos lados, sin embargo, es muy difícil reconocerlos. Sus caracterizaciones de ciudadanos normales son geniales. Hay padres que ni siquiera sospechan que sus propios hijos están iniciándose en el ejercicio de la arqueología y señoras esposas que no sospechan que el hombre con el que comparten la cama estuvo ejerciendo la arqueología a diario durante las últimas décadas. Saben mimetizarse a la perfección con quienes los rodean y pasan absolutamente desapercibidos.
Si alguien tiene el ojo avezado y es capaz de identificar a uno de estos hombres y le pregunta qué opina acerca de la arqueología, responderán con frases hechas y tratarán de minimizar el asunto o directamente se irán por la tangente. Dirán cosas como que el objetivo de toda búsqueda es no encontrar jamás, o que la búsqueda perfecta reside en la imposibilidad del hallazgo y un cúmulo de frases de ese estilo más orientadas a adornar su parlamento que a decir la verdad. No hay que creerles. La verdad es que estos hombres viven para el instante del hallazgo, eso es lo único que los moviliza. Los nuevos arqueólogos (que –perdón, no es un dato menor, olvidé mencionar– también son alquimistas aficionados en la superficie, como pasatiempo, un rato antes de dormir. Claro, ellos, en lugar de contar ovejas, ejercen la alquimia, con la luz apagada, mirando al techo y con los ojos cerrados) no pueden parar de buscar por una razón tan simple como elocuente. Porque son hombres que saben que existe alguna otra cosa.
Los arqueólogos son taciturnos y silenciosos y se los suele ver casi siempre solos, pero esta soledad es relativa y difícil de comprender para nosotros. Ellos no sienten la soledad como el resto de los mortales, jamás la padecen. Porque a pesar de vagar solos la mayor parte del día, están metafísicamente acompañados por los anteriores, por aquellos tipos que le enseñaron sin enseñarle, desde el anonimato, sólo con sus huellas, los caminos de la eterna búsqueda. De manera que cuando un nuevo arqueólogo está buscando, lo está haciendo por él y por todos los demás. Los que están y los que no están. Y no sólo por aquellos que dedicaron sus vidas a la búsqueda sino también por todos los demás que no son, ni fueron, capaces de observar las evidencias que el mundo coloca delante de sus narices.
El hombre que hoy en día se inicia en la arqueología está marcándole –mediante su modo de ejercer la vida– un rumbo a la humanidad entera, honrando a un pasado con el que se siente identificado, y, sobre todas las cosas, deseando un futuro común para la raza entera. El arqueólogo con su búsqueda le está gritando al mundo en la cara que la arqueología es la vida. Y el mundo no es sordo, pero casi siempre se hace el gil y sigue girando como si nada, sin embargo, esas son cosas que al arqueólogo no le importan y ellos siguen buscando porque en el fondo son hombres que –por más que a veces aparenten ser multifacéticos– no saben hacer otra cosa que no sea buscar y seguir buscando.
Hace algunos siglos que no tenemos novedades y aparentemente no hay hallazgos relevantes, los nuevos hallazgos parecen ser replicas de hallazgos anteriores, sin embargo, esta tensa calma puede traer consigo alguna sorpresa bajo el brazo. Es necesario creer, sobre todo hoy. Tal vez hoy más que nunca, cuando parece que nada pasa y que nadie escucha y que todo fue descubierto… porque en estos momentos de aguas calmas, cuando ni el viento hace ruido al soplar, en algún lugar de estas ciudades, en el más absoluto silencio, tal vez se esté haciendo algún hallazgo, se esté descubriendo alguna cosa, de la cual vengamos a desayunarnos algunos siglos más tarde. Esto siempre fue así. Los resultados de la arqueología siempre son posteriores, jamás contemporáneos. Sólo se puede ver lo que pasó, nunca lo que está pasando. Por eso todo lo que se diga y se escriba hoy será pequeño y parcial respecto a lo que se puede llegar a escribir y decir mañana, porque mañana todo está un poco más masticado que hoy y ver de lejos siempre es más fácil que ver de cerca.
Afortunadamente –y a pesar del escepticismo actual que se nos aparece como una densa nube negra y pega en las costillas y quita piernas– todavía son muchos los que reman contra la corriente y creen que hay algunas otras cosas dando vueltas por ahí y dedican su vida a la eterna búsqueda, honrando a la milenaria disciplina de la arqueología.


difícil entrar a tu blog
después de varios intentos fallidos desde mi link, ahora lo logré
buscaba un comentario sobre el perjurio de la nieve, pero creo que no está aquí
un abrazo, como siempre
Hola muy interesante tu post…la verdad en los primeros 3 párrafos creí que eras uno de esos que tienen 40 años y no logro complir el sueño de niño de ser arqueólogo, porque sinceramente se nota un desconocimiento en el estudio arqueológico, pero más adelante me di cuenta que hablabas del comun de la gente, de aquellos @arqueologos@ de la vida, es decir utilizaste el mero hecho de que los arqueologos buscamos algo para ponerlo como analogia de la vida misma. me llamo vero y soy estudiante del ultimo año de la carrera, te recomiendo que te acerques un poco mas a esta ciencia, que por más que no lo creas requiere de mucho mas que buen ojo y suerte…requiere paciencia, horas de lectura, comprensión y mirar más allá..como por ejemplo como bien decis, una bocanada de humo. más alla de mi reaccion propia de cientifica social, me gusto tu forma de expresión y ti blog en general muy interesante. un abrazo y suerte!!!
Aunque me parece muy muy raro, es la primera vez en mi vida que me siento identificado con algo tan fuerte. Muy bueno, exelente. Muchas gracias.