
Me citó en La Opera. Raro. Muy raro. Había muchos bares en la zona pero nunca íbamos a La Opera. Sin embargo, no pregunté nada, fui directamente, sin hacer averiguaciones.
Como andaba por los pagos, llegué temprano; una hora antes de lo pactado. Me senté en una de las mesas que daban a Callao y estuve leyendo un rato hasta que se hizo la hora y llegó Mariano, puntual, como siempre. Entró por la puerta de Corrientes, dio un pantallazo fugaz y me encontró enseguida. Esquivando, hábilmente, algunas mesas, se acercó hasta donde yo estaba. Caminaba rápidamente y parecía algo nervioso. Se abrió la campera –no se la sacó– y se sentó frente a mí.
– ¿Qué vas a tomar? –me preguntó, sin siquiera saludarme.
– No sé, ¿vos? –respondí yo, un poco sorprendido, tanteando por donde venía la mano.
– Un cortado –me dijo.
Un cortado. Eran las once de la noche. Algo andaba mal.
– Que sean dos –dije, como para acompañar y preparándome para lo que venga.
Se acercó el mozo y pedimos. Ni bien se fue, Mariano se despachó.
– Voy a ir al grano. No tengo fuerzas para un prólogo –dijo, tenso, visiblemente turbado. Se mordió el labio inferior, miró alrededor de la mesa, como buscando algo que le diera fuerzas para dar un gran salto y clavando los ojos en mis manos, lo dijo…– Está embarazada.
Me quedé petrificado, expectante, esperando que se retractara, que me dijera que era una broma –una pésima broma, de muy mal gusto. Pero sus ojos estaban vidriosos, vencidos. Hablaba en serio. No era una broma, era verdad. Estaba embarazada. Se había ido todo a la mierda.
Tenía que responder algo pero no encontraba las palabras. Mis ojos serpenteaban por los bordes del mantel, por el servilletero, por el cenicero. En ese momento, llegó el mozo. Permanecimos en silencio mientras servía nuestros cafés. Tazas, cuchara, azúcar, masitas y vasitos de agua. Me tomé el vaso de agua de un saque y algo debe haber dicho mi cara porque Mariano se me adelantó.
– Lo quiere tener… lo vamos a tener –me dijo, casi susurrando, como para que no lo escucharan de la mesa de al lado, con un tono de voz que no era el suyo.
Me rasqué la barba y suspiré. No había salida, estábamos jodidos.
Mariano no me sacaba los ojos de encima. Yo no podía mirarlo. Él necesitaba que yo le dijera algo, pero el tipo ya sabía todo lo que yo pensaba y sabía también que no se lo diría, que me censuraría y que cualquier cosa que le dijera en ese momento sería una mentira discursiva.
– ¿Damián lo sabe? –le pregunté, sin quererlo, no filtré. Lo pensé y hablé.
– Se lo dije ayer. Lo cité acá mismo. Quería contárselos por separado. Ya lo vamos a hablar entre los tres –me respondió.
Yo asentí con la cabeza, en silencio, aunque pensé que no había nada que hablar. Mi parálisis inicial se había transformado en ese dolor en todos los músculos que se siente cuando la derrota es inexorable. Ya estaba todo dispuesto y en marcha. Era demasiado tarde.
Sabía que serían malas noticias, pero no me esperaba algo así. Mientras yo miraba la boca del subte a través de la ventana, él revolvía el café. Uno, dos, tres minutos de silencio habrán pasado así. Compartíamos, juntos físicamente, ese silencio, esa distancia que ambos necesitábamos como para abstraernos el uno del otro, pero estando juntos, sin separarnos. Esa soledad compartida que los años nos habían enseñado a ejercer. Hasta que Mariano sintió la necesidad de volver a hablar. Había más.
– Nos vamos a vivir juntos. Dos ambientes, Villa del Parque. Es del tío de ella, nos lo deja más barato –me dijo, sin despegar sus ojos de la taza de café, con una voz finita, casi quebrada, irreconocible.
Cabizbajo, seguía revolviendo el café. Lo sentí pequeño, desprotegido, indefenso. Nunca lo había visto así a Mariano, tan vulnerable. Sentí compasión por él. El tipo había cruzado el puente y ya estaba con un pie en el otro lado, en el otro mundo, en la gran sala de espera. Se había transformado en la antítesis de lo que siempre pregonamos. Una mujer, un hijo, una casa, un perro, un puñado de amantes, etcétera. Ya sabemos cómo es el tema. Lo miré un rato, en silencio, mientras revolvía su café y ahí nomás se me ocurrió un cuento…
Un hombre se despierta, una mañana, porque siente una leve cosquilla en uno de sus pies y se encuentra con que una mujer (una mina que está muy buena, grandes tetas, gran culo, muy puta) le está lamiendo con la punta de la lengua (una lengua roja y larguísima, sin frenillo) la planta de uno de sus pies. Cuando el hombre abre los ojos y la mira, la mina, con la punta de la lengua, empieza a subir, serpenteando, jugando, desde el talón al tobillo, del tobillo a la pantorrilla y a su paso va petrificando cada uno de sus músculos, entumeciendo su cuerpo, lentamente, para que le duela y para que le guste al mismo tiempo. Quizá haya una fellatio, no lo sé, o quizá sea mejor que no… que amague a que sí pero no… para que sea todavía más cruel, más placentero, más doloroso, más excitante. La cuestión es que el hombre mirará, en parte incrédulo, en parte vencido, resignado, cómo la suave, hábil, sexy lengua de la mujer lo va envolviendo y se lo va llevando y se va muriendo de a pedacitos. El hombre será espectador de lujo de su propia muerte, y no hará nada porque le duele, porque le gusta, porque le arde, porque le encanta y sobre todo porque ya es demasiado tarde.
Puede andar, es muy visual, habría que trabajarlo.
Mientras yo hacía mi paréntesis literario, Mariano seguía ahí, con la cabeza fija en la espuma del café. Sentí ganas de abrazarlo. Tendría que haberlo hecho, no sé porqué no lo hice. Otro abrazo que no di. Saqué la billetera, dejé diez pesos en la mesa y me fui, sin decir nada, dándole, a la pasada, una caricia en la cabeza, despeinando, todavía un poco más, su pelo siempre despeinado.
Salí por la puerta de Callao y me fui caminando para el lado del Congreso, para la casa de Damián. Él ya lo sabía, Mariano se lo había contado la noche anterior. Estaría igual o peor que yo. Necesitábamos un bar. Necesitábamos cervezas. Necesitábamos ver de qué forma encarábamos el duelo, por donde abríamos el paquete de esta muerte. Empezar a saborear y masticar esta nueva ausencia. Preparar el luto. Elegir las flores. Escribir el mensaje de nuestra corona. Siempre te recordaremos. Nunca te olvidaremos. Por siempre en nuestros corazones. Las clásicas. Tenía que ser una frase contundente, emotiva. No era una muerte más. Recogemos el guante. Honraremos a la estirpe. No se extinguirá la especie. Venderemos cara nuestra derrota. ¿Cómo íbamos a firmar? Damián y Facundo. Tus amigos. Tus hermanos. Tus hijos. Tus padres. Había un poco de todo eso. Dos tipos.
Claro, esa era la cuestión. Lo terrible era que fuese uno de los nuestros. Porque la gente se muere a cada rato, pero éste era uno de los nuestros, de los que sabíamos algunas cosas. Mientras caminaba y pensaba, el pecho se me hundía en el pecho y me asfixiaba, me dolía. Iba a ser una noche larga. El flaco se nos estaba desangrando en nuestros brazos y nosotros no podíamos hacer nada. Se nos estaba yendo en nuestras narices, víctima de la muerte más anunciada, a manos de lo que ya sabíamos hace mucho tiempo que iríamos a morir todos nosotros. Pero él, justo él, Mariano, era muy temprano, quedaban muchas cosas por hacer y se nos viene a morir justo ahora, de esta forma tan infantil, tan estúpida, tan previsible. Tan antes de tiempo. Sentí pena y bronca al mismo tiempo por él, de haberlo tenido enfrente en ese momento le hubiese pegado una trompada en el mentón y acto seguido lo hubiese abrazado con todas mis fuerzas. Pobre hombre. Quise llorar. Me contuve. Seguí caminando y llegué a la esquina de la casa de Damián. La luz de su habitación estaba todavía prendida. Iba a ser una noche larga…


Hay noticias que se necesita toda una noche para digerirlas…
Besicos
Cortázar, gran maestro, ha creado algo imperecedero. No sólo con Rayuela, sino con todo lo que ha salido de sí. saludos
Ari
Discúlpame, me equivoqué de post para dejar el comentario, quería dejarlo en el pos de Cortázar, es la hora, es la madrugada, o será que ya estoy loca!
Perdón!
Ari