La sobria muerte

Ahí estaba José, como nunca lo hubiera imaginado. Habían decidido velarlo a cajón abierto. Un acierto de parte de la familia, su cuerpo se prestaba para ese tipo de exhibiciones, incluso muerto mantenía ese halo estético que siempre lo acompaño en vida. Parecía dormido y no sé hasta qué punto es cierto esto –y no hijo de las emociones y el contexto– pero me pareció que esbozaba una pequeña sonrisa.
El interior del ataúd estaba recubierto por un paño acolchonado, color cremita, que visto de afuera parecía muy cómodo y tenía unas telas blancas con bordes puntillosos que rozaban sus manos –pálidas en aquel momento– juntas y con los dedos entrelazados. Un encanto.
A ambos lados del ataúd, estaban sus hijos y sus sobrinos –su sobrino mayor, aferrado a una de las manijas del cajón, lloraba desconsoladamente, gemía, tosía, parecía que se iba a ahogar.
Justo por encima del féretro, sobre la pared, habían colgado una foto de José de haría unos diez años más o menos –por el fondo parecía Mar del Plata, él veraneaba todos los años en Mar del Plata, decía que era su segunda ciudad. José era muy fotogénico, tenía una sonrisa muy elegante, muy llena de dientes, y cada vez que sonreía se le formaban dos pocitos en las mejillas que le daban un aire de galán de cine de los cincuenta. Tenía mucho pelo y una raya al costado, natural, que formaba un abundante jopo que caía sobre su lisa y blanca frente. En la época de esa foto, José ya era canoso hacía rato pero en algún momento su pelo había sido castaño, claro y brillante y supo ser la debilidad de las chicas del barrio. Secundarlo en los bailes era casi una garantía, más no sea de rebote alguna cosa se ligaba.
Bueno, la cuestión es que ahí estaba José, como nunca lo hubiera imaginado. Boca arriba, en el cajón, mansito, callado, tranquilo, cómodo, sobre esa tela acolchonada, mirando al techo con los ojos cerrados, y como siempre –como en la foto y como todos los días– afeitado al ras. Se notaba, evidentemente, que se había afeitado esa misma mañana. Está bien que probablemente él no sabía que moriría por la tarde, un paro cardíaco como el que tuvo es una cosa muy impredecible, un hombre sano como él, pero igualmente una de las últimas cosas que el tipo hizo en su vida fue afeitarse y eso resulta muy coherente con lo que fue su existencia, lo pinta de cuerpo entero.
Yo estaba parado a pocos pasos del féretro, contemplando, plano detalle, cada uno de los poros de sus mejillas blancas y lampiñas, y pensé que ya no necesitaría volver a afeitarse porque no le crecería más barba… y como a mí eso de afeitarme nunca me gustó –lo hacía sólo cuando la barba me empezaba a picar de lo larga que estaba y se tornaba molesta–, lo sentí como una especie de alivio para él. Pensé en las viejas hojas de afeitar que me esperaban a mí en el baño de casa, tarde o temprano tendría que volver a usarlas, malditas Gilletes, y me alegré mucho de que José se hubiera visto librado de todo eso, estaría más tranquilo, absuelto de esa pérdida de tiempo, con una preocupación menos… y en eso estaba, reflexionando sobre las mejillas de José y a punto de envidiar su nueva condición de eterno afeitado, cuando me hizo reaccionar el llanto de su sobrino mayor, que provenía de uno de los balcones de la sala velatoria (o vejatoria, según se prefiera).
Al pie del cajón, su esposa lo lloraba en silencio; y un poco más allá, también lo hacía su hermana, con un vaso de agua en una mano y un pañuelo en la otra. Yo no lloraba, nunca fue mi especialidad, mi procesión siempre fue por dentro. Además me angustian tanto los velatorios que ni siquiera soy capaz de hacer aflorar una lágrima, para llorar se necesita cierta relajación, cierto dejarse llevar que la tensión que genera un velorio no me permite alcanzar. Pero más allá de mis ojos secos, que desentonaban en el lugar, todos los presentes –de alguna u otra forma– lo lloraban a José. Pañuelos arrugados, ojos rojos, nudos en la garganta, hondos suspiros y miradas al techo –esto último como si sólo por una cuestión física las lágrimas fuesen a inhibirse y no brotar. Sin embargo, ninguno de los que estaban esa noche en el lugar y lo lloraban y lo sentían y decían conocerlo a José, lo sabía… nadie… ni siquiera eran capaces de sospecharlo.
Una tarde, José llegó a mi casa, desesperado, y me lo contó de un tirón. Acababa de suceder. Me acuerdo que vino temblando y me lo contó tartamudeando y con lágrimas que no paraban de correr por sus mejillas. Le di un pañuelo –que creo que nunca me devolvió– y le serví un vaso de whisky que dejó intacto. Yo sabía que él no tomaba alcohol, pero en ese momento creí que podría beber; es más, en realidad creí que necesitaba beber, no era una gentileza mi vaso de whisky, algo protocolar, sino más bien una cuestión medicinal, por decirlo de alguna manera, pero no hubo caso, ni siquiera en esa situación probó una gota de alcohol. Su sobriedad era incorruptible. Las tinieblas de la mesura lo acecharon toda su vida, a sol y sombra.
Nunca supe bien porqué José me lo contó a mí. Quizá porque intentó hablar con algún otro y no lo encontró o porque sabía que yo no hablaba con su familia –o que su familia no me hablaba a mí o que el huevo o que la gallina– y que no había posibilidades de que se enteraran por parte mía. Más allá del motivo que hubiera generado la confesión, yo en aquel momento me sentí halagado por ser elegido para tremenda cosa, semejante desahogo, cosa de una vez en la vida, la confesión –con pruebas y evidencias concretas– de la existencia de un muerto en el placard, tal vez su único muerto en el placard, pero qué difunto, hermoso muerto, flor de fiambre. Probablemente había más razones para que yo sea su confesor. Tal vez me lo contó porque sabía que no lo iba a juzgar, o porque en algún punto yo era el único capaz de esperar una revelación de ese tipo de alguien como él, o porque al haber leído tantas cosas en mi vida, la historia de ningún mortal podría parecerme del todo escabrosa. Puede haber sido por muchas razones. Creo que necesitaba contármelo por la suma de todas esas cosas y también para desahogarse y compartir el secreto, para aligerar el lastre, no sea cosa que el corazón del viejo con ojo de buitre comenzara a latir debajo de las maderas de la habitación.
Así fue como sucedió, esa tarde, en mi casa, y sólo me lo contó a mí, nunca se lo contó a nadie más. Sólo nosotros dos lo sabíamos, pero el acababa de morir y se lo había llevado a la tumba. Entonces, a partir de ese momento, sólo yo lo sabía y me dio la sensación de cierto poder. Podía influir sobre algunos destinos, coqueteé con la idea de ver las caras de sus hijos y de su esposa al escuchar una historia insospechada del padre y del marido ejemplar, del eterno sobrio, del hombre con la sonrisa llena de dientes y afeitado al ras. La perversión del abstemio. El lado B del muñequito de torta. La historia resultaría inverosímil en primera instancia –nadie creería tamaña cosa de José–, pero yo contaba con muchos detalles y pruebas suficientes –una exacta cronología, descripción de lugares, direcciones y hasta una servilleta con parte de la confesión escrita– que me darían la razón si es que llegaba a haber alguna duda. Incluso me imaginé contándolo a cuentagotas y saboreando en cámara lenta las caras de sufrimiento de sus hijos y de su esposa. Las lágrimas de su hijo mayor, la niñita tapándose los oídos y la mujer arrancándose los pelos… y yo, aportando lentamente las pruebas, orejeando, pausado, una a una las cartas y disfrutando con su dolor. La escena hubiese sido genial, litera-cine, pero nunca sucedió, rápidamente me deshice de esa idea también, el goce sería muy efímero con respecto al daño causado. Además José era mi amigo, la verdad es que no había necesidad.
La cuestión es que José había hecho todo lo que estuvo a su alcance por morir con esa aura digna y ser llorado y recordado como el tipo de la foto, con esa sonrisa tan pulcra, tan sobria y tan correcta. El tipo tuvo un desliz, un error –bueno, un error grave, muy grave–, pero aún así yo no me sentí quién como para cambiar ese destino que él mismo se había esforzado en construir con tanto esmero. Incluso pensé que su equivocación, además de ser la falta misma, aquel secreto inconfesable, también había sido contármelo a mí, porque él ahora estaba ahí, en su nuevo hogar, callado, mansito, silencioso, abriendo su nuevo juguete muerte, mientras que de este lado, ahora sólo yo lo sabía y tanto contarlo como callarlo eran una pesada carga para mí. Me enojé con él. Claro, porque ahora él la hacía fácil, se iba, como si nada, y me dejaba a mí, solo, con ese fardo a cuestas, con la posibilidad de hacer y deshacer a mi antojo. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Y ahí estaba yo, parado, a metros del cajón. Lo estuve mirando un rato en silencio, a los ojos –que naturalmente estaban cerrados–, pero así como a veces sucede que cuando se miran fijamente dos ojos cerrados, éstos, probablemente, por alguna misteriosa razón, terminan abriéndose, yo esperaba cierta conexión. Obviamente no esperaba que se abrieran en este caso, pero sí esperaba algún argumento de su parte, alguna respuesta, una señal. Pero José no me registraba, no decía nada, me ignoraba, estaba en la suya, entretenido con su nueva muerte, ingratos, así son.
Ante su falta de respuesta, sentí la necesidad de salir. Escaleras abajo, pasillo, vereda. Caminé, mirando al piso, fijamente, concentrado. Cuando llegué a la esquina, di media vuelta y miré hacia la puerta de la casa velatoria (o vejatoria, sobre gustos…), el sobrino mayor de José estaba un poco mejor, respiraba más tranquilo, tomaba café y su primo lo abrazaba, en silencio; ambos miraban el asfalto sin mirarlo, con los ojos perdidos en algún tiempo/espacio indefinido. De haber tenido una cámara de fotos hubiera registrado ese instante, era una gran imagen, pero no tenía cámara –raro eso de ir a un velorio con cámara, no se estila.
Me fui caminando para el lado de mi casa, pero no era una noche como para llegar temprano; en realidad, no era una noche como para llegar, directamente. En el camino pasé por una estación de servicio y compre un paquete de Gitanes. Me detuve dos cuadras antes de mi casa, en el edificio de Elena. Toqué timbre en el 4° B y bajó a abrirme ella con una bata de seda roja, el pelo recogido a la altura de la nuca y unas pantuflas con forma de pies de tigre; amarilla con pintitas negras y cuatro garras negras –cuatro trianguilitos negros de goma espuma– en cada pie. Le di los Gitanes y un beso en la mejilla y me dejó pasar.
Me senté en uno de los sillones del living y le empecé a contar la historia que sólo yo conocía. Ella me escuchaba atentamente, sentada en el piso, sobre la alfombra, fumando, en ropa interior, de piernas cruzadas. Yo tomaba ron en un vasito blanco de plástico –siempre había bebidas en lo de Elena– y hablaba sin parar, tratando de que no me ganara el llanto que estaba agazapado en mi garganta. No sé hasta dónde llegué con la historia, porque me bajé más de media botella de ron y estaba un poco borracho. Le había contado muchas cosas, borracho, a Elena en toda mi vida y la mitad habían sido exageradas o ilusorias, sin embargo, tengo la sensación de que esa noche no le mentí en ningún detalle, no tanto por la virtud de la sinceridad sino más bien por la necesidad de volver a repartir, lo más ecuánime posible, el peso de una tremenda historia que ahora pesaba del todo sobre mis vértebras. La cuestión es que en algún momento del relato me quede dormido en el sillón y ahí pasé toda la noche.
A la mañana siguiente, amanecí abrazado a un almohadón y tapado con un cubrecama que tenía impregnado el perfume de Elena. El silencio en la casa era absoluto, hasta el gato dormía cerca de mí. Me cubrí la cabeza con el cobertor y me quedé un rato ahí abajo, en ese efecto de cámara oscura que le daban los rayos del sol al cubrecama rojo, mientras respiraba el perfume de Elena, esa imitación del Flower de Kenzo –que parecía una mezcla de lavanda y jabón para la ropa, bastante vulgar, pero yo ya le había tomado cariño y casi que me gustaba– y por esas cosas que tienen las mañanas resacosas, en esa casi oscuridad y bajo los influjos del falso Flower de Elena, recordé que ella tenía una tanga animal print que me gustaba mucho y era casi del mismo motivo que las pantuflas que calzaba la noche anterior, las de pies de tigre, y nunca la había visto con las dos cosas puestas al mismo tiempo, haciendo juego. Tomé nota mental: tendría que pedírselo algún día. Nota mental archivada. Pero yo no estaba ahí por eso… ¿qué hacía ahí? Claro, había muerto José. Pobre Josecito, tenía hijos y todo. Retomé la trama original de mis turbaciones nocturnas.
No quise mirar el reloj pero por los rayos del sol que chocaban contra las copas de los árboles y que había visto a través de la ventana, imaginé que el cortejo estaría en camino o por llegar a la Chacarita, si es que no había llegado. Me imaginé a los autitos negros, como juguetes, con los familiares y amigos dentro, siguiendo al féretro, en silencio, por las calles aledañas al cementerio, en una procesión tan tensa y conmovedora como absurda, por todo lo que no sabían. Un teatro que había salido a la perfección. Si desde el otro lado se puede ver alguna cosa de lo que pasa acá, sin dudas que José debiera estar orgulloso de lo airoso que salió de esta vida. Y gran parte debía agradecérmelo a mí que nunca dije nada de todo lo que supe.
Me acaricié las mejillas y sentí que en dos o tres días ya tendría que volver a afeitarme porque esto iba a empezar a picar otra vez y me volví a alegrar por José, porque del otro lado seguramente no hay Gilletes ni espuma de afeitar y al rato volví a quedarme dormido y no me acuerdo bien que es lo que soñé, pero alguna cosa debo haber soñado.



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4 comentarios hasta ahora

  1. Apasionante relato, que muestra la hipocresía de una sociedad al filo de la mentira y la ocultación.
    Quedan ganas de seguir leyendo, por lo que calla su autor y su personaje ansía contar.

    Buenos cruces de personas implicadas en el terrible secreto ( no tanto ) del muerto, ese José enmascarado tras el hombre que ha escondido en su interior, acallando verdades.

    Y el narrador, tendrá que volver a afeitarse, realidad incómoda pero que significa estar vivo para soportar la carga de un pecado de otro, ahora liberado. Con el poder que eso conlleva.

    Un relato excelente…

    Saludos, gracias por compartirlo!

  2. Me gustó la historia. Esos trozos de narraciones que vivimos en la mente y que la realidad dibuja.

    Vendré de nuevo..!

  3. Paso por aqui nuevamente a disfrutar de una buena lectura…revisé los libros recomendados, tengo bastante para entretenerme…muy bueno tu espacio, me siento muy cómoda en él, y realmente loable en un momento donde se vuelve imperiosa la recuperación de la lectura y de los libros como tesoros…gracias!

  4. Había perdido tu enlace. Te he puesto en mis favoritos, así las actualizaciones me llegan al reader.
    Un abrazo.

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