
“Bueno y cuando vuelvo paso por el kiosco y compro cigarrillos” le dijo Luís en tono de broma a su esposa, ya que él en realidad no fumaba. Pero ella no acusó recibo de la gracia de su esposo y mantuvo la mirada fija en su revista de crucigramas; hacía ya dos hijos que los chistes de su marido no le causaban ninguna gracia. Luís -cada día mas habituado a ser ignorado- tomó su billetera, se puso la campera, y salió de su casa rumbo a la farmacia de la avenida que estaba abierta hasta tarde. Tenía que comprar pañales y leche fortificada con hierro para Tomy, su hijo menor. Pero esa noche no llegó a la farmacia. Todo empezó cuando en la esquina de la avenida, se vio tentado por el kiosco y entró en busca de algún chocolate. Al ingresar al local, se encontró con que adelante de él había tres chicos que no solo llamaron su atención, sino que cambiaron el rumbo de su noche. Los pibes estaban haciendo la división por tres del total de la cuenta y cada uno juntaba su parte para pagar lo que habían cargado en la mochila de uno de ellos: una coca, un fernet y papel para fumar. Cuando pagaron, salieron del quiosco y tomaron la avenida, Luís sintió que algo se estaba yendo con ellos; no los podía dejar irse de esa manera, algo tenía que hacer. Improvisando le pidió al kiosquero un Philip 10 y un encendedor, y salió raudamente del kiosco, dispuesto a seguirlos. Los escoltó por la avenida hasta que llegaron a la tercera esquina, donde giraron y tomaron una transversal que desembocaba en el parque. En ese momento, Luís tuvo un rapto de cordura y se quedó parado en la esquina mientras se alejaban; estuvo a punto de detener su expedición. Pero a medida que los chicos se alejaban rumbo al parque, se acentuaba el recuerdo de su esposa sentada en el sillón con sus pantuflas bordó, su revista de crucigramas y su birome bic con el capuchón mordido. Hostigado por esa imagen decidió retomar la ruta y seguir a los chicos a una distancia prudencial, para que no lo notasen. Los chicos bordearon el parque y se sentaron en los escalones del mástil que está en la entrada principal. Luís pasó por delante de ellos sin mirarlos y se sentó a pocos metros del mástil, con la espalda apoyada sobre uno de los árboles cercanos a la fuente. Desde ahí los observaba confeccionar sus cosas y él, para no quedarse atrás, abrió su paquete de cigarrillos. Pero antes de abrirlo, procuró tomarlo con su mano derecha y darle varios golpecitos sobre la palma de su mano izquierda; era una actitud que había visto en varios fumadores y lo hizo mecánicamente a pesar de desconocer su utilidad. Encendió uno, inhaló el humo y tosió con furia. Tan fuerte que los chicos giraron la cabeza para mirarlo; y él, disimuladamente tiró el cigarrillo a un costado, intentando ocultar la evidencia. Sin embargo, inmediatamente afloró su orgullo: no lo podía vencer un cigarrillo. Sacó el segundo, lo prendió y casi tan rápido como inhaló, se deshizo del humo. Así fue como fumó todo el cigarrillo; sin tragar el humo no había ningún problema. En esos momentos, lo cobijaba un enorme cielo negro estrellado que le hizo sentir que todavía estaba a tiempo, que no todo estaba perdido. Excitado por esa sensación comenzó a percibir que el parque le empezaba a quedar chico, que estaba para algo más grande.
Entonces se levantó y retomó Corrientes rumbo al bajo. La noche era propicia para caminar y lo hizo en dirección al río. A medida que bajaba la numeración de Corrientes, la imagen de su familia se iba desdibujando y se sentía cada vez más liviano. Hacía tanto que no caminaba solo a esas horas, que casi todo lo estimulaba. Al llegar a Callao, y mientras le ofrecían un pequeño volante rectangular que lo instaba a algún subsuelo, supuso que la farmacia ya habría cerrado, pero lo olvidó rápidamente; su familia estaba muy lejos, tan lejos que no la sentía propia. Tomó el pequeño panfleto y lo leyó: depto. privado, veinticuatro horas, aire acondicionado, treinta pesos. Esbozó una sonrisa, hacía mucho que no le daban uno de esos, y que lo tuviesen en cuenta para una propuesta de ese tipo lo hizo sentir bien. Tomó Callao; porque recordó que a pocos metros había un bar ancestral, propicio para una noche como esa. El bar estaba intacto, con la misma disposición de mesas y probablemente hasta los mismos mozos. Se sentó en una de las mesas que daban a la ventana y pidió una ginebra. Era la segunda vez en su vida que tomaba ginebra. El único recuerdo que tenía era que no le había gustado. Y esa noche no fue la excepción. Tampoco le gustó, pero le encontró un sabor especial, probablemente fundado en el hecho de estar haciendo algo que aparentemente no debía estar haciendo. En la parte de atrás del bar, había unas mesas de billar y algunas otras donde varios viejos jugaban al dominó, a la generala y al truco. Luís, envalentonado por el entorno y para no ser menos, pidió un vodka. Nunca había pedido un vodka en ningún bar, ni siquiera sabía como venía servido. Y mientras conjeturaba acerca de la posible presentación, sacó otro cigarrillo y lo prendió. Al darle algunas pitadas (expulsando el humo sin tragarlo) le dio la sensación de que un viejo, en una de las mesas del fondo, lo estaba mirando. Que se había dado cuenta de que no era un fumador genuino. Pero le restó importancia y siguió fumando a su modo, mirando hacia la ventana; en algún momento dejaría de mirarlo. El vodka llegó en un vaso pequeño, muy parecido al de la ginebra, pero éste no era recto, sino con forma de florero. Justamente eso fue lo que pensó, que dentro de una pequeña casa proyectada a escala ese vasito podría oficiar de florero y dentro de él se podrían colocar pequeñas flores. A esa altura el viejo ya no lo miraba más, estaba con la mirada perdida en la calle. Luís estuvo largas horas de aquella madrugada en el bar, mucho más liviano que de costumbre y libre de toda responsabilidad, hasta que, cansado de estar sentado, decidió volver a las calles. Pidió la cuenta, pagó y al salir del bar, sintió la imperiosa necesidad de intentarlo nuevamente: no podría ser tan difícil tragar el humo. Lo intentó, decidido, una vez más y tuvo la sensación de que el humo se escurría directamente entre sus neuronas, sintió nauseas y desde ese episodio no lo volvió a intentar. Luís había llegado a esa altura de Callao por Corrientes y, para duplicar su aventura, estaba decidido a volver por Rivadavia. Fue hasta el congreso, dobló a la derecha y, a medida que la numeración de Rivadavia iba subiendo y Callao se alejaba a sus espaldas, el cielo se iba aclarando.
Cuando llegó nuevamente al parque, volvió a sentarse con la espalda sobre uno de los árboles cercanos a la fuente; todavía le quedaban tres cigarrillos. Resolvió terminar el paquete, y mientras fumaba los últimos cigarrillos veía pasar taxis y colectivos con algunos jovencitos borrachos y otros simplemente dormidos. A esa hora era difícil discernir cual era cual, todos tenían el mismo aspecto. Del vodka y la ginebra que Luís había tomado algunas horas antes solo quedaban tenues vestigios en su sangre y el sol se iba asomando por detrás de los edificios. Cuando levantó la cabeza y pudo ver ese cielo tan celeste salpicado por algunas nubes aisladas, recordó nítidamente a su hijo, los pañales, la leche con hierro, su esposa, las pantuflas bordó, las revistas de crucigramas y su vida diurna, que era la única vida que tenía. Decidió ir hasta la farmacia de la avenida, que a esa hora estaba abriendo y compró los pañales y la leche para Tomy. Ya eran casi las ocho de la mañana y con la bolsita de la farmacia en la mano enfiló para su casa. Pero antes de llegar, hizo escala en el puesto de diarios y compró el último número de una revista chiquita y rectangular, impresa en blanco y negro, colmada de crucigramas y juegos de ingenio.


Era necesario un encuentro con el, evidentemente.
Para volver a calor de su hogar.
Me gusto. Besos.
Ese es de los pocos bares que quedan intactos, el de los billares.
Besos.
Mi primer comentario. De a poco mejoro.
me gusta como escribes.
Un beso mi querido.
El tiempo con uno es más que una necesidad básica. Es necesario también que no te ignore quien debería sonreír al mirarte.
Creo que una cosa (la escapada) no quita la otra (tener cosas de las que hablar con la señora de pantuflas).
BUeno, al final termino bien. Me temía un final más trágico. Espero que tenga llaves, yo estaría en problemas para entrar en casa si no tuviera mi propio juego de llaves…
Un abrazo
Tengo que decirte algo, desde la mejor onda: durante todo el relato (que me gustó mucho) estuve esperando que le sonara el celular…Es un detalle, pero en esta época es raro que no lleve celular, más teniendo un bebé. A lo mejor tiene y se lo dejó en la casa, o lo apagó derecho viejo…pero necesito una referencia sobre el maldito aparato.
Saludos!
Acogedor el bar. Pasaré más a menudo. Saludos
Me gusta¡¡ felicidades, tus historias de bar me acercan un poco más a la otra realidad que fue mi vida… un abrazo¡¡¡
Muy bueno che. Que interesante como logras plantear la magnitud de esa libertad en una accion de lo mas sencilla como caminar por corrientes o sentarse en un bar.
Me gustó mucho
un abrazo che