
Ella se llamaba Ana o así es como se hacía llamar. A veces creo que no terminamos de conocernos del todo, que nos faltó tiempo. Lo que puedo asegurar es que lo nuestro fue muy bonito, comimos perdices hasta ese día de Febrero, en su casa, cuando todo empezó a terminar de una forma muy extraña. Por razones que –entenderán, luego de leer esta historia– son obvias, esto nunca se lo pude confiar abiertamente a nadie. Ni siquiera a mis mejores amigos; según a quién se lo contaba omitía algunos detalles o falsificaba otros. Nunca se lo conté a nadie así, completo, sin rodeos, con detalles, como lo voy a contar ahora.


Los edificios estaban enfrentados, apenas separados por una callecita del barrio de Balvanera. Él le decía Once; ella, Congreso. Los dos vivían en un piso diez. Él vivía solo, en un dos ambientes de la mano par. Ella vivía sola, en un monoambiente, en la vereda de enfrente. Los balcones estaban a la misma altura. Él la amaba con devoción. Ella ni lo registraba.
Él sabía todo de ella. Sabía que los lunes llegaba más tarde porque tenía inglés. Sabía que los miércoles, después de merendar, se iba corriendo a su clase de teatro. Sabía que para Agosto o Septiembre, todos los años, se acordaba de anotarse en el gimnasio y abandonaba siempre en Febrero o


Hace mucho tiempo, la arqueología era una disciplina que tenía que ver con excavaciones, cascos con linternas y cinceles. Estaba considerada como una vocación, había películas alusivas y los niños de antaño decían “cuando sea grande quiero ser arqueólogo”. Era una actividad con todas las letras, estaba bien vista, tenía recompensas económicas e incluso se estudiaba, pero con el advenimiento de la nueva arqueología, todo esto quedó en la historia.
La nueva arqueología nace, siglos atrás, casi de forma simultánea en algunas grandes ciudades y no tiene nada que ver con una vocación ni con un trabajo, sino que es algo más parecido a una necesidad. No hay


Él estaba sentado frente al escritorio que daba a la ventana y leía un viejo libro de hojas amarillentas. Ella estaba en la cama, recorriendo con su mirada las paletas del ventilador que colgaba del techo.
Hacía un buen rato que los dos estaban despiertos pero no se hablaban. Los restos del sol, tamizado por las finas nubes de esa mañana, se filtraban a través de la ventana, impactaban contra el piso de parquet y le daban a la habitación un tenue color anaranjado.
“Qué raro esto… ¿no?” dijo ella, en voz alta, sin pensar en lo que estaba diciendo, sino como una culminación coloquial de una serie de pensamientos


Me citó en La Opera. Raro. Muy raro. Había muchos bares en la zona pero nunca íbamos a La Opera. Sin embargo, no pregunté nada, fui directamente, sin hacer averiguaciones.
Como andaba por los pagos, llegué temprano; una hora antes de lo pactado. Me senté en una de las mesas que daban a Callao y estuve leyendo un rato hasta que se hizo la hora y llegó Mariano, puntual, como siempre. Entró por la puerta de Corrientes, dio un pantallazo fugaz y me encontró enseguida. Esquivando, hábilmente, algunas mesas, se acercó hasta donde yo estaba. Caminaba rápidamente y parecía algo nervioso. Se abrió la campera –no se la sacó– y se sentó frente a mí.


Ahí estaba José, como nunca lo hubiera imaginado. Habían decidido velarlo a cajón abierto. Un acierto de parte de la familia, su cuerpo se prestaba para ese tipo de exhibiciones, incluso muerto mantenía ese halo estético que siempre lo acompaño en vida. Parecía dormido y no sé hasta qué punto es cierto esto –y no hijo de las emociones y el contexto– pero me pareció que esbozaba una pequeña sonrisa.
El interior del ataúd estaba recubierto por un paño acolchonado, color cremita, que visto de afuera parecía muy cómodo y tenía unas telas blancas con bordes puntillosos que rozaban sus manos –pálidas en aquel momento–


La abracé, se relajó y empezó a quedarse dormida. Mi pecho y su espalda.
Los dedos de mis manos se entrelazaban con los suyos, a la altura de la almohada, mientras yo, más despierto que nunca, disfrutaba de una de las formas más explícitas de la noche. Por los agujeritos de la persiana se filtraban las luces y las sombras –las extrañas sombras– de aquel piso diez que daba a la avenida Belgrano, y algunas de esas sombras a veces se movían, iban y venían, y aparecían y desaparecían y jugaban entre ellas. En otra circunstancia, hubiera cerrado la persiana o me hubiese asomado para ver qué había afuera, pero en ese momento sólo atiné a hundir mi nariz en


Una vez a la semana, en la mansión circular se celebraban fiestas donde asistían las personas mas distinguidas de la ciudad. No existían las invitaciones, ni se daban a público conocimiento las fechas de las celebraciones, pero en las noches indicadas y a la hora exacta, estaban presentes quienes debían estar. Había una sola calle de acceso a la mansión y tenía una extensión de 15 kilómetros, trayecto que usualmente era transitado por dos o tres autos al servicio de la fiesta que trasladaba a los invitados hasta el portal de la mansión. Donde eran recibidos personalmente por los anfitriones; un matrimonio, sin hijos, apellidado Trinho.


Aquella noche, el asfalto silenciaba a un antiguo empedrado y revelaba haber sido acariciado por una tenue y persistente llovizna. La luna –con atinada prudencia– prefería guardar silencio y cerrar los ojos, no ser testigo de aquello que no iba a suceder esa noche.
Los dos habían soñado tantísimas noches con el encuentro. Nunca se habían visto, pero de haber cruzado tan solo una mirada, se hubiesen reconocido. Habían nacido para ese instante, y no volverían a encontrar revancha hasta el próximo mazo. Pero aquella noche de luna ausente y cadenciosa llovizna, el destino estaba mirando para otro lado. Sus hilos se enredaron y


“Bueno y cuando vuelvo paso por el kiosco y compro cigarrillos” le dijo Luís en tono de broma a su esposa, ya que él en realidad no fumaba. Pero ella no acusó recibo de la gracia de su esposo y mantuvo la mirada fija en su revista de crucigramas; hacía ya dos hijos que los chistes de su marido no le causaban ninguna gracia. Luís -cada día mas habituado a ser ignorado- tomó su billetera, se puso la campera, y salió de su casa rumbo a la farmacia de la avenida que estaba abierta hasta tarde. Tenía que comprar pañales y leche fortificada con hierro para Tomy, su hijo menor. Pero esa noche no llegó a la farmacia. Todo empezó cuando en la esquina de la avenida, se vio
