Ella se llamaba Ana o así es como se hacía llamar. A veces creo que no terminamos de conocernos del todo, que nos faltó tiempo. Lo que puedo asegurar es que lo nuestro fue muy bonito, comimos perdices hasta ese día de Febrero, en su casa, cuando todo empezó a terminar de una forma muy extraña. Por razones que –entenderán, luego de leer esta historia– son obvias, esto nunca se lo pude confiar abiertamente a nadie. Ni siquiera a mis mejores amigos; según a quién se lo contaba omitía algunos detalles o falsificaba otros. Nunca se lo conté a nadie así, completo, sin rodeos, con detalles, como lo voy a contar ahora.
Fue una tarde de Febrero, un sábado. Yo estaba con Ana en el living, tomábamos mate y mirábamos un recital en DVD. Solíamos pasar las tardes de aquel verano haciendo esas cosas. No era muy física nuestra relación. Además justo dio la casualidad de que nos conocimos empezando el verano, un verano que fue insoportable, llegó a hacer cuarenta y pico de térmica y no había muchas ganas de andar pegoteando

Los edificios estaban enfrentados, apenas separados por una callecita del barrio de Balvanera. Él le decía Once; ella, Congreso. Los dos vivían en un piso diez. Él vivía solo, en un dos ambientes de la mano par. Ella vivía sola, en un monoambiente, en la vereda de enfrente. Los balcones estaban a la misma altura. Él la amaba con devoción. Ella ni lo registraba.
Él sabía todo de ella. Sabía que los lunes llegaba más tarde porque tenía inglés. Sabía que los miércoles, después de merendar, se iba corriendo a su clase de teatro. Sabía que para Agosto o Septiembre, todos los años, se acordaba de anotarse en el gimnasio y abandonaba siempre en Febrero o Marzo. Sabía que tenía una cama de dos plazas y dos almohadas –una más chiquita que la abrazaba para dormir. Sabía que su piso era de parquet plastificado y que no tenía ventilador de techo. Sabía que los sábados le gustaba cantar y bailar mientras limpiaba la casa. Sabía que tenía siete tangas de varios colores. Sabía, con bastante certeza,

Hace mucho tiempo, la arqueología era una disciplina que tenía que ver con excavaciones, cascos con linternas y cinceles. Estaba considerada como una vocación, había películas alusivas y los niños de antaño decían “cuando sea grande quiero ser arqueólogo”. Era una actividad con todas las letras, estaba bien vista, tenía recompensas económicas e incluso se estudiaba, pero con el advenimiento de la nueva arqueología, todo esto quedó en la historia.
La nueva arqueología nace, siglos atrás, casi de forma simultánea en algunas grandes ciudades y no tiene nada que ver con una vocación ni con un trabajo, sino que es algo más parecido a una necesidad. No hay excavaciones, no hay cinceles y no hay cascos con linternas. La nueva arqueología tampoco se estudia –a pesar de que haya algunos que hasta el día de hoy intenten estudiarla, pero de esos hubo siempre y lamentablemente, por mucho que se esmeren, nunca llegarán a ser arqueólogos– porque la arqueología no

 Luces de BAR | Literatura. Libros y cuentos.

Autor: Facundo Gerez (facundo@lucesdebar.com)